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Enfrentar al fundamentalismo

Estimados,

 - Dos años y medio después del inicio de la llamada «primavera árabe» y al concluir el tercer Ramadán desde que comenzó la rebelión, el panorama es claro: ¡Ganó Alá! Con o sin Hermanos Musumanes; con o sin golpes de Estado; más de 100.000 muertos en Siria y un Oriente Medio paralizado por Al Qaeda y el yihadismo, lo confirman.

La «primavera árabe», que buscaba principalmente trabajo, salida de la pobreza, derechos civiles básicos y justicia social, se transformó en una revolución religiosa. En lugar de gobiernos que debían substituir a dictaduras de dirigentes corruptos, llegó el islam fundamentalista. No surgió ningún Mandela, ningún Gandhi o Martin Luther Ling.

Los vacíos políticos se aprovechan. La crisis económica mundial, especialmente en EE.UU y Europa, terminó liberando al genio religioso fundamentalista de la lámpara de Oriente Medio. Bajo los auspicios de un Occidente en decadencia, Alá decidió retornar de la mano de Al Qaeda y sus socios fanáticos.

Pero Alá no volvió solo. También el Dios de Israel regresó. Él se hizo presente a través de judíos terroristas conocidos como «Tag Mejir» («Etiqueta de Precio»); por medio de rabinos «educadores» culpados de xenofobia o abuso sexual a sus discípulos menores de edad; por medio de Grandes Rabinos arrestados por corrupción pero que al mismo tiempo continúan con su rol de «moralistas de la halajá» discriminando mujeres y lanzado ataques frontales contra los derechos individuales y humanos, siempre en nombre de la santidad de la tierra, la santidad de la Torá, o de ambas a la vez.

Según datos proporcionados por el Instituto Israelí para la Democracia, un aumento del racismo sin precedentes contra la minoría árabe, especialmente entre jóvenes judíos de 16 a 26 años, el odio progresivo entre ultraortodoxos y laicos, y la continua discriminación de las mujeres, todo eso amenaza con convertir a un Israel ilustrado en un Israel siniestro. Mientras el Gobierno de Netanyahu delibera sobre si el Estado judío debería o no atacar las instalaciones nucleares iraníes, muchos son los ciudadanos que ya están tratando de convertir a Israel en Irán. Lo que el fundamentalismo islámico generó en Egipto, Siria, Líbano, Libia, Yemen o el Sinaí, el fundamentalismo judío pretende gestar en Israel. Mientras la modernidad árabe se derrumba, la «única democracia de Oriente Medio» se resquebraja en nombre de Dios.

Pero no hay porqué dejarse arrastrar. Existe una gran diferencia entre ambos fenómenos. En el caso de la «primavera árabe», engloba a la mayoría. En Israel, sólo a una minoría. En el mundo árabe, el islam fundamentalista está tomando el mando; en Israel, el fundamentalismo judío aún carcome las orillas del poder.

A diferencia de los habitantes de los países árabes, los israelíes somos ciudadanos de una democracia liberal que aún respeta nuestros derechos y libertades. Sin embargo, ambos tenemos algo en común: ni el mundo árabe ni el pueblo judío vivenciamos la metódica revolución secular que vivenció la Europa cristiana. Ni las naciones árabes ni Israel lograron separar la religión del Estado. Ni las mezquitas ni las sinagogas se mantuvieron al margen de la política. Por lo tanto, ambas identidades, la árabe y la judía, contienen aún componentes religiosos profundos.

Por eso, cuando se derrumba el nacionalismo secular árabe, la respuesta es un retorno a Alá. Y cuando el nacionalismo laico judío se desmorona, la réplica es un regreso al Dios de Israel. Tanto árabes como israelíes nos estamos encaminando nuevamente hacia el oscuro pasado del cual habíamos intentado escapar.

El liderazgo hebreo debería comprender lo que está pasando; debería saber que está jugando con fuego. Para Israel, el único modo de hacer frente a la ola islámica a punto de arrasar con todo, es a través de la evolución permanente y el conocimiento. Sólo siendo un Estado progresista podremos protegernos.

El caballo de Troya que se colocó entre nosotros es el fundamentalismo ultranacionalista religioso mesiánico. Sin embargo, aunque parezca mentira, es el Gobierno neoliberal de Netanyahu, Lapid y Livni el encargado de abrirle las puertas, debilitando a Israel y socavando las bases de su existencia.

Llegó la hora de que la derecha secular hebrea acepte que si Israel se rinde a las amenazas del fundamentalismo nacionalista mesiánico, no le quedarán chances. Hará implosión, desapareciendo en ua oscuridad religiosa regional más conocida por «Estado binacional». La única manera de sostener el proyecto sionista es retornar al valor principal que lo hizo posible: la visión de un judaísmo mezclado con progreso, desarrollo, solidaridad y justicia social.

¡Buena Semana!