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Fantasías sobre judíos y nazis

A alguna gente le ha molestado que comentaristas de prensa en Uruguay y en otros países hayan reflotado el viejo y trillado estribillo propagandístico antisemita de «judíos=nazis». En defensa de esos periodistas, que naturalmente no tienen malas intenciones, cabe decir que hay que entender su enojo.

Realmente el Estado de Israel frustró todas sus expectativas. En lugar de ser buenas víctimas como lo fueron en la época de la Alemania nazi, los judíos de Israel han adoptado la pésima costumbre de defenderse. ¿Por qué? ¿Después de todo, qué es lo que pretende Hamás? Nada más que exterminar al Estado judío, algo que no es novedoso en absoluto.

Como eso de matar judíos tiene una larga tradición histórica, los judíos lo tendrían que tomar con más calma. Al fin y al cabo, todo el mundo sabe que la única forma de entenderse con un asesino serial dispuesto a matarte cuchillo en mano, es hablarle de derechos humanos, o de la fraternidad humana o de los pajaritos.
          
La versión vieja-nueva del estribillo consiste en señalar que «Gaza es hoy el mayor campo de concentración al aire libre del planeta, un verdadero Auschwitz en Oriente Medio». Sin duda, si Gaza es un campo de concentración, es un campo de concentración muy especial. No se sabe de ningún campo de concentración nazi en el que los presos hayan podido acumular un arsenal de armamentos suficiente para iniciar una guerra y hayan tenido la tranquilidad, el dinero, los materiales de construcción y los recursos de ingeniería necesarios para construir túneles desde los cuales atacar a los nazis.   
        
Por ello cabe preguntarse: ¿si los judíos son iguales a los nazis y los nazis iguales a los judíos, cómo habría sido un campo de concentración en la Segunda Guerra Mundial regido por judíos? En primer lugar, los carceleros hubieran abandonado voluntariamente a sus presos (como Israel hizo en 2005), eso sí, dejando entrar camiones con comida y medicamentos, y suministrándoles energía eléctrica, no sea cosa de que los internados tengan problemas de abastecimiento. Por lo demás, habría prestado ayuda médica a niños y adolescentes, como hizo Israel que acogió a 650 niños de Gaza a sus hospitales en este año.
           
Hay algunas otras leves diferencias entre el Estado nazi y el Estado de Israel. Por ejemplo, en el Parlamento israelí hay diputados árabes, algunos de ellos muy vociferantes contra el Gobierno a tal punto que hubo diputados ultranacionalistas que quisieron expulsarlos. Pero la Corte Suprema dijo No y lógicamente se cumplió lo que ésta impuso. No es muy parecido a la Alemania nazi donde no consta que tribunal alguno haya revocado alguna orden de Hitler. Tampoco oímos que haya habido Parlamento ni judíos en el Parlamento de la Alemania nazi.
           
Otro temita recurrente es el del genocidio. Según algunos comentaristas,  Israel está cometiendo un genocidio en Gaza. Sin duda, sería el primer genocidio en el mundo donde se avisa a la víctima que salga de un lugar que será atacado para salvar su vida, e insistentemente, con volantes y llamadas telefónicas directas.

Decididamente, los israelíes tienen tal torpeza en materia de genocidios que no han logrado hacer disminuir en lo más mínimo a la población palestina. Al contrario. En 1949, según cifras de Naciones Unidas, vivían en Cisjordania y en Gaza un poco más de 700.000 palestinos. Hoy, sólo en Gaza, vive el doble.
            
Lo que pasa es que los israelíes no han sabido aprender nada de sus vecinos árabes que tienen una larga experiencia en esta materia. Por ejemplo, en los tres años de guerra civil en Siria se estima que las víctimas llegan a 160.000, de ellos unos 25.000 niños, además de la «modesta» cifra de 9 millones de refugiados. Pero curiosamente las almas sensibles indignadas por el «genocidio israelí» no tienen mayores objeciones. Nadie llora a los niños sirios muertos. Y naturalmente nadie protesta contra los pícaros abastecedores de armas de los fabricantes de muertos, como los rusos por ejemplo.
            
Claro, el mundo es particularmente respetuoso de las características culturales y las tradiciones de los pueblos, y los pueblos árabes siempre han tenido la curiosa costumbre de matarse entre sí con frenético entusiasmo. En una reciente historia de tapa de la revista británica «The Economist» titulada sugestivamente «La tragedia de los árabes: una historia envenenada», se  brindan cifras aproximadas acerca de los muertos en guerras civiles y conflictos armados en Oriente Medio entre 1975 y 2014. Son bastante impresionantes: Líbano (1975-1990): 100.000; Siria (Hama, 1982): 20.000; Yemen (1986): 10.000; Argelia (1991-2002): 200.000; Yemen (1994): 1.500; Sudán (Darfur, 2003 al presente): 300.000; Irak (2004-2007) 93.000; Yemen (2011): 2.000; Egipto (2011 al presente): 3.000; Libia (2011 al presente): 30.000; Siria (2011 al presente): 160.000.

Hay algunos detalles en estas cifras que merecen un comentario. Por ejemplo, algunas fuentes dan la cifra de 200.000 muertos para Siria y «The Economist» no incluye la guerra Irán-Irak que duró poco menos de ocho años (setiembre 1980 - agosto 1988) por la sencilla razón de que se libró entre un país árabe, Irak, y uno musulmán, pero no árabe, Irán. Importa mencionar esa guerra por el número de víctimas ya que las estimaciones varían entre el millón y el millón y medio de muertos.
        
¿Qué reacciones provocan estas formas amables de arreglar los conflictos? Nada en especial. Bostezos, distracción, quizás algún comentario intercalado en conversaciones sobre temas más trascendentes. Pero protestas, manifestaciones, no,  de ninguna manera. Eso sólo se reserva a las ocasiones en que los judíos son atacados y actúan en defensa propia.
             
Hay dos escuelas para tratar de entender esa generosa disposición (muy vieja y conocida, por otra parte) de culpar a los judíos y al único Estado judío del mundo por delitos que en otros son apenas vistos como defectillos insignificantes indignos de ser mencionados.  

La primera considera que en la tendencia a exagerar creativamente la interpretación de hechos que atañen a los judíos o al Estado judío hay cierta improvisación espontánea y no hay maestros, ni orientadores ni guías. La segunda, en cambio, suele citar a grandes maestros en el curso de la historia, especialmente a un tal Dr. Joseph Goebbels.
               
Personalmente me inclino por la segunda. Es cierto que la mentira en gran escala no requiere un talento excepcional. Sin embargo, hay que reconocer que la influencia de los grandes maestros de la infamia universal, los virtuosos que manejan la canallada con la misma destreza con que los grandes violinistas ejecutan un concierto de Paganini, influye más allá de su tiempo y encuentra discípulos en los momentos menos esperados y en los lugares más inesperados.