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Kadima quiere guerra

Si esta semana Livni hubiera sido primer ministro, y Mofaz ministro de Defensa, Israel estaría en medio de una guerra sangrienta. El lector leería este periódico mientras las ciudades israelíes arderían en llamas; cientos de soldados serían enterrados, y la paz con Egipto se desmoronaría.

Binyamín Netanyahu y Ehud Barak son los hombres más odiados de Israel. Para muchos, Netanyahu de Cesárea y Barak de Akirov son el epítome de toda la corrupción que corroe este país.

Condescendientes, arrogantes y acaudalados fumadores de habanos, estos personajes de la política israelí son del todo indiferentes a la gente, y no tienen ningún compromiso con la justicia social. Líderes obtusos, carentes de inteligencia emocional o de sensibilidad humana.

De acuerdo.

Pero esta semana, Netanyahu y Barak evitaron una guerra, y por ello, merecen ser reconocidos. Ciertamente, Netanyahu y Barak todavía pueden meter la pata, pero durante la primera mitad de esta semana han actuado como adultos responsables.

En silencio, con profesionalidad y gran dominio de sí mismos, intentaron desactivar la bomba de relojería que amenazaba con arrasar el sur, provocando la muerte de cientos de personas.

La precisión quirúrgica y metódica del primer ministro y del ministro de Defensa vino a señalar un agudo contraste con la crítica irresponsable por parte de la oposición. Tzipi Livni criticó la flacidez del gobierno, y llamó a atacar a Hamás con todo nuestro arsenal disponible, a pesar de que eso habría generado un masivo ataque con misiles en Ashkelón, Ashdod, Beer Sheva, Rehovot y Rishon Letzion. Por su parte, Shaul Mofaz exigió una operación decisiva con el objetivo de hacer colapsar la infraestructura de Hamás, a pesar de que eso sólo habría provocado toda una serie de asesinatos masivos en Gaza y la muerte de muchos soldados israelíes.

Si esta semana Livni hubiera sido primer ministro, y Mofaz ministro de Defensa, Israel estaría ya en medio de una guerra sangrienta. El lector estaría leyendo este periódico mientras las ciudades israelíes arderían en llamas; cientos de soldados de Tzáhal estarían siendo enterrados, y la paz con Egipto se desmoronaría. En su genio y arrogancia, el gobierno de Livni-Mofaz habría ocasionado un tremendo desastre.

El liderazgo de Kadima demostró esta semana que no ha aprendido ni ha olvidado nada. Nunca logró asimilar el Informe Winograd sobre la Segunda Guerra del Líbano, y ha olvidado el Informe Goldstone sobre la Operación Plomo Fundido. Aún no ha logrado comprender cabalmente los límites de la fuerza. Por ende, cuando Israel fue atacado, Kadima reaccionó tal como lo había hecho en el pasado: imprudentemente; desde las tripas; desde su profundo y visceral machismo.

"Golpéenlos", exigió el partido de la moderación. "Aplástenlos", reclamó el partido de la cordura. El partido que nos dio la Segunda Guerra del Líbano y la primera guerra de Hamás ahora exigía vehementemente un tercer conflicto. Pero Kadima ignoró el hecho de que Hamás ha dado muestras de madurez y responsabilidad. Pasó por alto el hecho de que Egipto pende de un hilo. No tuvo en cuenta la compleja y volátil situación estratégica en que se encuentra Israel en estos momentos.

Las duras expresiones de Kadima no son producto de la maldad, sino de la superficialidad. No es que estuviera hirviendo de ansias de matar, sino a causa de esa misma falta de profundidad. Aquel partido que había prometido ser el partido de la paz ha terminado redefiniéndose a sí mismo como el partido de la guerra.

Israel pone mucho empeño en investigar sus guerras; valdría la pena que investigara también las guerras que nunca ocurrieron. ¿Quiénes intentaron agravar las cosas, y por qué? ¿Quiénes se dedican a obstaculizar, y cómo? ¿Quiénes ejercen un buen juicio en los momentos cruciales?

Itzjak Shamir y Arié Deri evitaron una guerra innecesaria en 1991. Ariel Sharón actuó con moderación en respuesta al terrorismo de 2001. Netanyahu prefirió no ser rápido en el gatillo durante su último mandato; tampoco lo ha sido en este.

Por otro lado, Kadima se precipitó decididamente a la guerra en 2006; se negó a concluir la de 2009 a su debido tiempo, y sugirió una serie de movimientos que habría envuelto a Israel en una guerra sangrienta en 2011.

Esta lista de logros resulta inquietante, preocupante y nada casual. Al parecer, hay algo inestable en la estructura misma de la personalidad de Kadima. Sin principios claros ni identidad, tiende al populismo en materia de seguridad. Habla de retirarse de los territorios, pero se apresura a matar árabes.

Debido a que Kadima es realmente un Likud en el fondo, compensa su pacifismo en materia territorial con brutal militarismo. El resultado no es una fórmula equilibrada para la consecución de la paz y el aseguramiento en materia de seguridad: es una plataforma diplomática inválida, junto con la adopción reiterada del aventurerismo militar.

Es una pena: Israel necesita un partido Kadima fuerte, inteligente y digno. Sin embargo, para poder ofrecerle a Israel un futuro diferente, Kadima necesita realizar un cambio radical. Debe ser capaz de demostrar que no se trata de un partido con tres guerras en su haber.

Fuente: Haaretz - 28.8.11
Traducción: www.argentina.co.il