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Nuestro Putin

Avigdor Liberman y Vladimir PutinNuestro Putin es diferente del Putin de ellos. El Putin ruso es un primer ministro que anhela ser presidente, mientras que el Putin israelí es un ministro de Exteriores que busca convertirse en primer ministro. Su Putin es un hombre de estado arrogante y agresivo que sirve a los intereses de Rusia; nuestro Putin es agresivo, cínico y perjudica los intereses de Israel .

El Putin de Rusia es un zar moderno, mientras que el nuestro no es más que la caricatura de un zar. El Putin ruso le otorga a su país una especie de poder problemático; nuestro Putin debilita seriamente el poder de su Estado; perjudica nuestros vínculos con Estados Unidos, sabotea nuestras relaciones con Europa y refuerza en todo el mundo aquella imagen que se tiene de nosotros como una banda de matones.

Nuestro Putin, el ministro de Exteriores, Avigdor Liberman, es la marca de la vergüenza sobre la frente del Estado de Israel.

En primer lugar, nuestro Putin es una vergüenza para el Likud. Ninguna excusa es posible: El Likud debería haber hecho todo lo posible para formar un gobierno que no tuviera que depender de la buena voluntad de la ultraderecha. El Likud no lo hizo. Prefirió una vida de horror junto al partido Israel Beiteinu que convivir con Kadima.

Pero nuestro Putin también es una desgracia para Kadima. Como sabemos, la presidenta de la oposición, Tzipi Livni, es obra de nuestro Putin. Durante años estuvo involucrada en un secreto romance político con Liberman; y aún hoy en día tiene cuidado de no enfrentarse con él directamente.
Tanto el Likud como Kadima - en sus actos, así como en su falta de acción - han hecho de nuestro Putin el punto de apoyo de la política israelí. No lo han relegado al ostracismo ni se han distanciado de él. Por el contrario, permitieron su ascenso y su transformación en «ungidor de reyes» de Israel.

Nuestro Putin es una vergüenza para los medios de comunicación. Hace cinco años, el diario Haaretz publicó un sorprendente informe de investigación acerca del ministro de Exteriores. Otros hicieron lo mismo una y otra vez. Un pequeño grupo de analistas advirtió incesantemente sobre la aflicción putinista expandiéndose por todo el país. Pero, en general, los medios israelíes han mostrado en los últimos años una extraña indulgencia hacia el empresario que solía comerciar con madera, vino y rublos. No se ocupan de él de la misma manera que lo hicieron con el ex líder ortodoxo, Arié Deri; con el ex primer ministro israelí, Ehud Olmert; con el ministro de Defensa, Ehud Barak o con el primer ministro Binyamín Netanyahu.

Lo mismo puede decirse del sistema judicial. En agosto de 2009, la policía entregó el expediente de Liberman al Fiscal General del Estado. Tuvieron que pasar casi dos años y medio para que ese desleído informe consiguiera al fin una audiencia esta semana. Se dice que ahora tendrán que pasar otros tantos meses antes de que se tome alguna decisión. Tal lentitud resulta incomprensible e inconcebible. Sin una decisión en uno u otro sentido, affaires al estilo de los de Putin continuarán contaminando el proceso democrático con motivos y especulaciones del todo ajenos.

Nuestro Putin es una vergüenza para la comunidad ruso-israelí. Más de un millón de inmigrantes rusos venidos de los países de la ex Unión Soviética enriquecieron a Israel en todos los sentidos en el ámbito de la ciencia, la tecnología, la industria, la música, el arte, etc. Pero esta impresionante ola inmigratoria de alta calidad ha contribuido negativamente a la vida política de Israel. Cuando tuvo que elegir entre un justo y sabio demócrata como Natán Sharansky y un ridículo clon de Putin, optó por la segunda opción. Es por eso que cientos de miles de inmigrantes educados que huyeron de la tiranía hacia la libertad son representados actualmente en la Knéset por el amigo de los tiranos, aquel que pone en riesgo su libertad.

Y nuestro Putin también constituye una vergüenza para la elite laica de veteranos israelíes. Cada vez que siente que el odio de los árabes se ha agotado, ese colono de los asentamientos ofrece la píldora venenosa del odio ultraortodoxo a la tribu secular. Una y otra vez, los laicos caen en la trampa. Se engaña al pensar que el beligerante ministro de Exteriores habrá de protegerlos de los judíos religiosos fanáticos. Así, por medio de la manipulación pura, este nacionalista extremo se gana el favor y la absolución de muchos laicos.

El resultado final no puede ser otro que la vergüenza. En el mundo de los Putin - el de Rusia y el de Israel -, el concepto clave es el honor. Honor personal, honor nacional, honor internacional. Sin embargo, nuestro Putin no es un líder con sentido del respeto, sino con un claro sentido del deshonor. Es un golpe mortal el que está asestándole al honor y a la fuerza del Estado de Israel.

Ha llegado el momento de que los israelíes quiten definitivamente esa marca de la vergüenza. ¿Putin? No, gracias. No para nosotros. No en este Estado democrático judío.

Fuente: Haaretz - 23.1.12
Traducción: www.israelenlinea.com