Cannot get Tel Aviv location id in module mod_sp_weather. Please also make sure that you have inserted city name.

¡Gracias!

La ministra de Absorción, Sofa Landver, ha recomendado que los inmigrantes etíopes den las gracias al gobierno.
Nosotros solamente podemos conjeturar el por qué: Gracias por sacarnos de la selva y por alojarnos en una mansión; gracias en nombre de nuestros hijos que estudian en los guetos; gracias a los vecinos que no pueden soportar nuestro olor; gracias a las pubs que no nos dejan entrar cuando salimos los fines de semana del ejército; gracias al ministerio de Salud por tirar a la basura nuestras donaciones de sangre; gracias a los rabinos que nos obligan a hacer conversiones ultradifíciles.

Esta semana nos topamos con otra manifestación de agradecimiento. El Consejo de Movimientos de la Juventud publicó un anuncio: «¡Gracias! Felicitamos al primer ministro y al ministro de Educación por incrementar la ayuda destinada a nosotros durante su mandato».

Hay una nueva costumbre en el país: no más ingratitud hacia nuestros benefactores. ¿Quién se merece el agradecimiento y las felicitaciones? El gobierno y el reino. Te damos las gracias, Gran Hermano y querido líder. Al fin y al cabo, todos sabemos que los gobernantes aportan dinero propio; si lo desean, son generosos; si quieren, se muestran tacaños. Y los individuos se benefician con su benevolencia porque viven y operan gracias a la bondad y no por el derecho.

Ingenuamente hemos creído que el dinero público se destinaba de acuerdo a los merecimientos, de acuerdo con criterios igualitarios y transparentes, y que no hay ninguna necesidad de súplicas ni de alabanzas. La situación ha cambiado. Más que tener una obligación el país con sus ciudadanos, son ahora los ciudadanos quienes tienen una obligación con el país, y son ellos quienes deberían dar las gracias amablemente. Y si nos ha congraciado con varios millones del presupuesto, no escatimaremos nosotros en gastos - varios miles de shekels - para un anuncio en el diario. Y, de hecho, fueron los movimientos juveniles quienes consideraron conveniente legar a sus miembros la nueva cultura de hacer regalos. ¿Recibieron un «aumento» presupuestario gracias a sus hermosos ojos suplicantes, o en razón de la grata actividad que realizan y que merece todo el apoyo?

También hay padres que creen ser merecedores de un agradecimiento continuo por parte de sus hijos, por el sólo hecho de haberlos traído al mundo y haber sabido mandarlos a la cama a dormir. Es por esa razón que se les permite tratarlos como si fueran de su propiedad. Y hay empleadores que se comportan como benefactores, ya que los trabajadores a su cargo forman parte de sus posesiones.

Y ya no queda claro quién trabaja para quién: trabaja nuestro gobierno por nosotros, o somos nosotros quienes trabajamos para él; quién debería agradecer a quién: «¡Por eso trabajamos; por eso, siempre habremos de trabajar esforzadamente, todos los días de la semana; la carga es pesada; la carga es agradable! Y durante nuestro tiempo libre cantaremos en voz alta canciones de agradecimiento, canciones de alabanza» (letra: equipo de gobierno del primer ministro; música: melodía popular).

Esta semana, una anónima mujer murió en Jerusalén. Era maestra y durante 60 años vivió en el barrio de Katamón en un proyecto de viviendas de renta controlada. Los que se acercan a consolar a la familia en el apartamento de la difunta quedan asombrados: una vida plena y rica vivida entre muebles de precios asequibles de la década de 1950.

Cuando los familiares la llamaban, ella nunca tenía tiempo para conversaciones sin trascendencia. Siempre estaba ocupada preparando alguna lección, como si fuera su último día de clases. A veces, era ella quien solía llamar por su propia iniciativa, con el fin de expresar su enojo: ¿Has oído, como ella, el descaro de la ministra de Absorción e Inmigración o de alguno de sus colegas? ¿Es que no has visto tampoco ningún niño etíope que se vaya a la cama con hambre? Creo que en los últimos años, ella se sintió una extraña en su propio país.

Alguna vez tuvo buenos contactos en el ministerio de Educación, cuando su padre era director general y su hermano, ministro. Pero su intención no era ascender. Para ella, la educación de los niños de cuarto o quinto grado constituía la cima del progreso. Déjenme a los niños a mí mientras aún son jóvenes, dijo, antes de que sean demasiado viejos para ser moldeados.

En nombre de mi hermana, Hadassa Avtalión, querría también por este medio dar mi agradecimiento: Gracias, querido país, por todo lo que supiste darle; por concederle el privilegio de enseñar durante 45 años, haciendo que ella se sintiera una voluntaria más; por ser tan amable de otorgarle una pensión de 3.400 shekels por mes.

Y también, gracias a nuestros líderes, que supieron hacerla enfurecer hasta el día de su muerte con su total incapacidad de argumentación y elocuencia, con sus falsas promesas y con su extravagante estilo de vida. «Están arruinando a mis niños», afirmó amargamente. Así es como ardía aún el fuego en su interior, aunque ella ya estuviera apagándose.

Fuente: Haaretz - 24.1.12
Traducción: www.israelenlinea.com