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La venganza de los laicos

El año pasado estuvo signado por continuos casos de radicalización religiosa a lo largo de todo Israel. Segregación por género en los autobuses; incremento en el número de denuncias realizadas por cantantes femeninas en Tzáhal y en otros lugares; extremismo y violencia ultraotodoxa en Beit Shemesh, fueron sólo algunas de las historias que ocuparon los titulares de los últimos meses.

Segmentos de la comunidad religiosa y ultraotodoxa de Israel, alentados en parte por su creciente influencia, y en parte, temerosos de los «peligros» que acechan en el mundo secular, parecían estar decididos a llegar más lejos que nunca en su intento de imponer puntos de vista cada vez más radicales sobre su propia gente y sobre la sociedad en general.

Sin embargo, ahora están pagando un doloroso precio por su audacia.

Tal como sucede a menudo en Oriente Medio, los religiosos extremistas de Israel fueron incapaces de medir su verdadero poder, a la vez que subestimaron la fuerza de sus rivales. Después de todo, la mayoría laica de Israel es la que sigue ejerciendo la mayor parte del poder político en el país, al tiempo que domina instituciones claves como la Corte Suprema de Justicia.

Luego de sentirse violentamente desplazados hacia un rincón, los laicos israelíes ahora contraatacan, acelerando así un proceso capaz de alterar profundamente el delicado tejido social del Estado judío.

El pistoletazo de salida fue la incursión en la política por parte del periodista Yair Lapid. Laico confeso, se espera que Lapid siga los pasos de su difunto padre, quien condujo al partido ultra-laico Shinui hacia un éxito sin precedentes hace casi una década. Aunque los analistas políticos señalan que es improbable que Lapid logre cambiar el balance de poder entre izquierda y derecha en la próxima Knéset, bien podría lograr él un cambio profundo en el equilibrio entre laicos y religiosos.

En caso de que Lapid e Israel Beiteinu mantengan su actual intención de voto en las encuestas, se prevé que, junto con el Likud, obtendrán alrededor de 60 escaños en la Knéset, creando así una base sólida para una coalición de amplia mayoría secular. Las consecuencias que entraña tal posibilidad podrían resultar devastadoras para la comunidad ultraotodoxa.

Mientras tanto, la Corte Suprema de Justicia acaba de anular la Ley de Tal, lo que viene a indicar que se ha puesto en peligro aquella vieja práctica de concederles a los ultraotodoxos de Israel una exención del servicio militar. La cuestión permaneció largo tiempo en un segundo plano, y es probable que no hubiera ganado tanta notoriedad si los laicos israelíes no hubiesen sido perturbados por una serie de intentos ultraotodoxos de cambiar el carácter mismo del país.

Más recientemente, la ciudad de Tel Aviv decidió solicitar un permiso para el funcionamiento del transporte público durante el Shabat, con lo cual se pretende cambiar una tradición que entraña un profundo significado para la comunidad religiosa del Israel. El momento en que se realiza esta solicitud no resulta para nada casual, y sobre todo marca una forma de «venganza laica», con el Tel Aviv súper-secular apuntando a la región más vulnerable de los religiosos.

A pesar de las consecuencias negativas de estos desarrollos sobre la cohesión social de Israel, los últimos sacudones bien podrían terminar resultando una bendición. Se necesita con urgencia una profunda e incisiva evaluación del carácter judío de Israel; para muchos, la prolongada carencia de tal análisis constituye la cuestión más amenazante para el futuro del estado.

Mientras que un compromiso entre los israelíes religiosos y laicos es inevitable, siempre y cuando ambos grupos estén dispuestos a mantener algún atisbo de convivencia, la naturaleza de tal conciliación podría resultar completamente diferente al status quo que ha prevalecido aquí durante muchos años.

Esperemos que ambas partes sean lo suficientemente sabias como para centrarse en el interés común, en lugar de permanecer en sus diferencias fundamentales (aunque susceptibles de zanjarse). De lo contrario, los acontecimientos del año pasado sólo serán el preludio de la inevitable desintegración del único Estado judío del mundo.

Fuente: Yediot Aharonot - 11.3.12
Traducción: www.israelenlinea.com

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